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El caso de Carmen, 54 años, de Guadalajara: bajó dieciocho kilos con esfuerzo y el cuello se le quedó atrás, una lipopapada con láser que le dejó una lonjita flácida y un bulto duro debajo de la barbilla, diez drenajes, cuatro sesiones de radiofrecuencia que se acabaron sin que pasara nada y un cajón de cremas caras tiradas a la basura, hasta que entendió por qué la piel de ahí abajo no responde a lo mismo que la de la cara (sin quirófano, sin cánulas, sin hilos y sin milagros).
Escrito por Mariana Solís, divulgadora de cosmética y piel madura | Relato basado en un caso real. No soy médica y esto no es consejo médico.
AVISO: este es un artículo largo y se tarda un rato en llegar al grano. Si lo que buscas es la foto del antes y el después y el milagro de siempre, cierra la pestaña ahora mismo, porque aquí no vas a encontrar ninguna de las dos cosas.
Voy a hacer enojar a muchas clínicas de estética de tres países.
Porque lo que voy a contar aquí abajo le va a quitar a más de una la firma de un presupuesto de cirugía de cuello.
Pero ya no me importa.
Después de ver a mi hermana Carmen pelearse con esto nueve años, desde que bajó los dieciocho kilos…
Después de verla encerrada en el baño de una boda, con el celular en la mano, borrando una por una todas las fotos donde salía de lado…
Después de verla dejar en la calle el sueldo de tres meses: una lipopapada con láser, diez drenajes linfáticos y cuatro sesiones de radiofrecuencia que se acabaron sin que nadie notara nada, para salir del último consultorio con el mismo cuello con el que entró y con un bulto duro que antes no tenía…
Después de verla convertirse en «la que toma las fotos» en todas las comidas familiares, para no tener que salir en ninguna…
Entendí una cosa que lo cambió todo.
Y si estás leyendo esto mientras te miras de lado en la cámara del celular, o te jalas la piel del cuello hacia las orejas frente al espejo para ver cómo te quedaría, o te has descubierto poniéndote el polvo más oscuro ahí abajo para disimular…
Los próximos minutos te van a explicar por qué ninguna de las cremas que has comprado podía funcionar en esa zona.
Me llamo Mariana Solís.
Llevo once años escribiendo sobre cosmética y piel madura para mujeres de más de 45. No soy médica, no uso bata y no te voy a recetar nada.
Lo que sí he hecho es leerme la lista de ingredientes de cientos de cremas de cuello, sentarme a preguntarle a quien las formula y acompañar a mi hermana a tres consultorios distintos con la grabadora del celular prendida.
Y hoy voy a contar lo que le dijeron en esos tres consultorios, y por qué a los millones de mujeres de 45 a 65 años de México, Colombia y Chile les están vendiendo la funda cuando lo que está vencido es el colchón.
Pero primero tengo que contarte la noche en que Carmen se sentó en la orilla de la tina y me soltó la frase que todavía repito en voz alta cada vez que alguien me pregunta por su cuello…
Eran las 9:40 de la noche del sábado 4 de noviembre de 2023.
Encontré a Carmen sentada en la orilla de la tina. Con la mascarilla de cuello puesta —la misma del jueves, que había vuelto a guardar en su sobrecito con el líquido que le sobró para que le rindiera dos veces— y el celular en la otra mano.
Se suponía que se estaba arreglando para la cena de los cincuenta años de casados de mis papás.
En vez de eso estaba mirando una foto del grupo de WhatsApp de la familia como quien mira la radiografía de otra persona.
«Ya no puedo, Mariana», me dijo sin levantar la vista. «Mira esto. Mírame de perfil. Bajé catorce kilos caminando todas las mañanas a las siete. Catorce. Y ahí donde antes tenía la papada ahora me quedó una lonjita colgando. Cuello de pavo. Me quedé con el cuerpo de los cuarenta y con el cuello de mi abuela. Y eso que ya pagué por que me lo arreglaran. Me acompleja hasta pararme junto a mis hijas.»
Levantó la barbilla para enseñarme. Debajo se le hacían dos pliegues blandos que ya no volvían del todo a su lugar cuando bajaba la cabeza. Del centro del cuello le salían dos cuerdas hacia las clavículas —los cordones platismales, que ella aprendió a nombrar de tanto buscar de madrugada—. Y de la línea de la quijada, que siempre tuvo dibujada a lápiz, ya no quedaba línea. Quedaba una pendiente.
Encima de la lavadora estaba el polvo compacto dos tonos más oscuro que el de la cara. El que se ponía debajo de la barbilla para disimular la sombra. Lo tenía ahí desde hacía tres años y no se lo había contado a nadie.
En la comida de ese mediodía se había vuelto a poner detrás de la cámara. La fotógrafa oficial de la familia. La que no sale en ninguna. Y aun así se le coló esa, la de perfil, la que estaba pidiendo por privado que borraran.
Era la tercera foto que pedía borrar ese mes.
Y yo ahí parada.
Inútil.
Once años escribiendo sobre cremas para revistas de mujeres y sin una sola cosa útil que decirle a mi propia hermana.
Y no era por no intentarlo. Esto es, punto por punto, lo que Carmen ya había probado. Y lo que le costó:
Nada de eso le duró más de unas semanas. Y en las consultas de internet donde ella entraba de madrugada el veredicto ya estaba escrito antes de que preguntara nada: «eso no se quita con cremas; eso solo se arregla con cirugía».
Y los «expertos» tampoco lo hicieron mejor:
La clínica de la avenida, la de las 4,8 estrellas en Google. Siete propuestas distintas en cinco años: mesoterapia, HIFU, bótox en el platisma, hilos rusos, un inductor de colágeno, un paquete de esto, un mantenimiento de aquello. Cada una con su promoción que se vencía ese mismo día. Ninguna con su resultado.
Y cuando volvió a decir que no notaba nada, pasó lo que más rabia me da de toda esta historia: en la clínica hicieron como que se extrañaban. «Qué raro, en usted no funcionó.» Como si fuera la primera vez que se lo decían esa semana. Y el mismo hombre que la había operado, cuando volvió con la bolita dura, se desentendió: que hay que esperar. Carmen salió de ahí convencida de que la rara era ella. No lo era. Es más frecuente de lo que dicen.
El cirujano plástico —el único que cobró la consulta aparte y el único que le dijo algo verdadero— le explicó que lo suyo ya era un lifting de cuello, anestesia general, dos noches hospitalizada y un presupuesto de millones. Y que mientras tanto, cremas, las que quisiera, que no le iban a hacer nada. Ese señor, sin querer, me dio la mitad de la respuesta.
Esa noche, viendo a mi hermana —que sacó adelante un negocio propio, dos hijos y un divorcio, que se levanta a las siete a caminar, que ya pagó dos veces por que le arreglaran una cosa que nadie le explicó nunca qué era— sentada en la orilla de la tina con una mascarilla de segunda mano pidiendo por privado que borraran una foto…
Algo se me rompió por dentro.
No iba a quedarme viendo cómo la mujer que me enseñó a andar en bicicleta se convertía en la señora que se jala la piel hacia las orejas frente al espejo para ver cómo quedaría, la que se pone siempre en la última fila, la que voltea la cara tres grados cuando alguien saca el celular.
No iba a quedarme viendo cómo compraba la crema número catorce con la ilusión intacta para tirarla a la mitad a los dos meses.
No iba a aceptar que la única salida honesta que le ofrecieron en nueve años fuera un quirófano, anestesia general y un presupuesto de millones.
Iba a entender esto de una vez.
Aunque me llevara el año entero.
Los cuatro meses siguientes los pasé obsesionada.
Leí todo lo que pude conseguir sobre una sola cosa muy concreta: qué le pasa por dentro a la piel del cuello de una mujer cuando se le va el estrógeno. Me gasté el sueldo de un mes en artículos científicos de paga. Me senté con dos formuladoras, con una química farmacéutica y con un cirujano ya retirado que me habló claro justamente porque ya no tenía agenda que llenar. Llené tres libretas.
Y lo que encontré me dio ganas de tirar a la basura once años de artículos míos.
El negocio del cuello está montado encima de una confusión. Y la confusión da mucho dinero.
Millones de mujeres entre 45 y 65 años en México, en Colombia y en Chile. Paquetes de cuatro sesiones. Lipopapadas de veinticinco a sesenta mil. Lifting de tres a siete millones. Mantenimientos anuales, drenajes aparte. Haz tú la multiplicación, que yo la hice una noche en la libreta y me quitó el sueño.
Esto es lo que casi nadie te dice de frente:
Un cuello que se cae NO es una piel seca. No es una piel a la que le falte crema por fuera. Por eso humectarla mejor, o humectarla más cara, no cambia absolutamente nada de lo que tú estás mirando en la foto.
Un cuello que se cae es un colchón viejo. El relleno de adentro se venció, y la funda —que es tu piel— ya no vuelve a su lugar cuando la sueltas. Eso es todo. A eso le llamo yo el Colchón Viejo, y es lo único que hay que entender aquí.
Esto lo sabe tu dermatóloga. Lo sabe la chica del mostrador que te vendió el frasco importado. Lo sabe, sobre todo, la clínica que te vendió el paquete de cuatro sesiones.
Pero no te lo van a decir así de claro.
Porque la causa real se cuenta en dos frases, está mucho más abajo de donde te pones la crema, y decirla en voz alta les vacía media agenda de la semana.
Por eso ninguna de sus soluciones te dura. Ninguna. Ni la del súper ni la de sesenta mil pesos.
Y la lipopapada es la prueba: te sacan relleno de un colchón que ya estaba vencido. Por eso sales de ahí con menos grasa y con más piel colgando. El colchón está hundido por dentro, y llevan veinte años vendiéndote sábanas más caras.
Te lo cuento como me lo explicaron a mí, sin palabras raras:
Imagínate que debajo de la piel de tu cuello hay un colchón.
Tus cremas, la mentonera, la faja para papada que pediste en línea, el sérum caro, la almohada de seda, los masajes de YouTube… todo eso es la funda. La lavas, la estiras, la perfumas. Y la funda queda preciosa. El colchón de abajo sigue exactamente igual de hundido.
Porque el problema no está «en» la piel. Debajo de esa piel hay un relleno de colágeno y elastina que hace de resorte. Eso es EL COLCHÓN. Y el colchón se vence.
Querer arreglar un cuello caído a base de humectante es como ponerle sábanas nuevas a un colchón hundido.
La cama se ve hermosa. Te sientas encima y regresa el hoyo.
Bueno. Pues esto es lo que sí se sabe:
1. La crema de la cara, en el cuello, físicamente no puede.
La dermis del cuello es bastante más delgada que la de la cara, tiene muchas menos glándulas y le llega peor la circulación. Es literalmente la primera zona que se te reseca y se te pone opaca mientras la cara sigue tan tranquila. Por eso te pasa lo que te pasa: llevas veinte años estirando hacia abajo la crema buena de la cara —restregando como si lavaras ropa— y ahí nunca has notado nada.
Es otra piel. No es que tú no fueras constante. Es que esa nunca fue su crema.
Y así termina casi cualquier hilo de comentarios de mujeres de tu edad debajo de los videos de dermatólogos: que sí, que quedó suavecito, que huele rico… y que de firmeza, nada. Tenían razón. No podía. Se quedaba arriba, en la funda, y ahí se acababa el viaje.
2. Y a partir de cierto momento, el colchón no se vence: se desploma.
Las células que fabrican ese relleno se llaman fibroblastos, y trabajan en buena parte a las órdenes del estrógeno. Del 17-beta-estradiol, para ser exactos. Cuando llega la menopausia —la de los calores, el insomnio y los kilos que se suben solos— ese estrógeno se cae, y los fibroblastos se quedan sin la señal que les decía «vamos, a tejer».
Y las cifras de esto no me las inventé yo: en los cinco primeros años después de la menopausia la piel pierde alrededor del 30 % de su colágeno. Y de ahí en adelante sigue bajando un 2,1 % cada año. Un tercio del relleno, en cinco años. No te descuidaste tú. Te lo quitaron.
3. La segunda capa que nadie te explica: el platisma.
Esta es la parte que a mí me hizo entenderlo todo de golpe:
Debajo de la piel del cuello hay un músculo ancho y plano, delgado como una hoja de papel, que se llama platisma. De joven es una sábana entera, de oreja a oreja. Con los años esa sábana se abre por el centro y se queda en dos bandas, una de cada lado: son esos dos cordones verticales que se te marcan al hablar o al apretar la mandíbula —los famosos cordones platismales, los que te trasnochaste buscando en Google—. Y por el hueco que dejan al separarse se va deslizando hacia abajo la grasa que antes estaba sujeta ahí arriba, que termina acomodándose justo debajo de la barbilla. Al mismo tiempo, el hueso de la mandíbula se va reabsorbiendo con la edad y el perfil pierde el filo: es eso que en el consultorio llaman «pérdida de la quijada». Por eso de frente vas pasando y de perfil te da un vuelco el corazón.
Traducido: eso es, literalmente, lo que fabrica el cuello de pavo y la piel colgada. No es piel reseca. Es un colchón vencido, una sábana que se abrió por el medio y una grasa que se cambió de piso. Y si además bajaste de peso —la dieta que por fin funcionó, la manga gástrica, los veinte kilos que tanto te costaron—, el relleno se vació y la funda se quedó donde estaba: por eso tantas mujeres cuentan lo mismo, que ya están en su peso y que ahí donde antes había papada ahora hay una lonjita flácida. Ninguna de esas tres cosas se arregla mojando la funda. Y ahora también entiendes por qué la lipopapada devuelve a tantas peor de lo que entraron: te sacan la grasa, pero el colchón vencido y la sábana abierta siguen exactamente donde estaban. Saca relleno en vez de reponerlo.
4. Y esto no te pasó un día. Te pasa todos los días.
Esta es la parte que más rabia da, porque explica por qué todo lo que probaste te dio exactamente el mismo espejismo. Un humectante infla la funda: la piel retiene agua unas horas, el surco se ve menos marcado, te ves a las ocho de la mañana y piensas «ay, mira, algo hace». La mentonera te la pones una hora, te la quitas… y todo vuelve a caer. Un drenaje o un masaje desinflama esa tarde, y solo esa tarde. Un aparato de la clínica da un empujón que dura unas semanas y luego se apaga. Y la lipopapada saca la grasa una vez, pero no repone nada: por eso hay tantas mujeres a los tres meses escribiendo que parece que quedaron igual o peor. Mientras todo eso pasa arriba, el colchón de abajo sigue perdiendo relleno un poquito cada día, incluido hoy, incluido el día que sales de la sesión tan contenta. Por eso regresa. Regresa a media tarde, regresa a los quince días, regresa al mes y medio de la última sesión. Y tú te lo tomas como que fallaste tú, cuando lo único que pasó es que nadie estaba tocando el colchón. El desgaste es diario. Lo que se le ponga encima tiene que serlo también.
Y ahora viene lo importante:
Esos fibroblastos no se murieron. Siguen ahí, en tu cuello, hoy, mientras lees esto. Lo que perdieron son dos cosas: la energía para trabajar y alguien que les dé la orden.
O sea: la fábrica no cerró. Está sin corriente y sin encargado.
Esto se sabe desde hace años.
Y te siguieron vendiendo humectantes con nombre de lifting.
A esto yo le digo «la escalera de la clínica»:
Crema de cuello barata que solo humecta → mentonera o faja para papada de la tienda en línea → mesoterapia → radiofrecuencia → hilos tensores → lipopapada (en México, entre 25 y 60 mil pesos; en Chile, entre 650 mil y 2 millones 380 mil) → y si te queda fibrosis, la segunda cuenta que nadie te avisó: carboxiterapia, vacumterapia, drenajes, más sesiones → «lo suyo, señora, ya es lifting» (de 3 a 7 millones, tanto en Chile como en Colombia) → y en recepción, de salida, la crema de mantenimiento para que no se le eche a perder lo que acaba de pagar. En Colombia hay mujeres que dejaron 900 mil pesos por cuatro sesiones y no vieron ni un cambio; en Chile la queja tiene nombre propio y suena así: «al ir son engaño», «plata botada». Y nadie, en ninguno de los escalones, te dijo el total antes de que empezaras a subir.
Es un negocio redondo.
Para ellos.
¿Te acuerdas de la foto con la que empecé? La del grupo. La de perfil. La que borré del celular antes de que a nadie le diera tiempo de subirla.
Un par de meses después me tomaron otra, en el mismo lugar y con la misma luz. Sin milagros, que no los hay. Pero no me hice a un lado.
Sin estirar la barbilla. Sin pañuelo aunque hiciera calor. Sin acomodarme siempre hasta atrás.
Sin lipopapada. Sin fibrosis. Sin bolitas. Sin quirófano.
Un solo cambio, y no era por encima: era volver a darle corriente y volver a darle órdenes a lo que hay DEBAJO de esa piel. Sesenta segundos en la noche.
Una cosa tan simple que hasta me da cosa contarla, con el dinero que me había gastado antes en lo complicado.
Porque para que una piel de 55 años se VEA distinta en el cuello —no nada más humectada por encima, distinta— hay que hacer UNA cosa:
DEJAR DE MOJAR LA FUNDA Y EMPEZAR A RECARGAR EL COLCHÓN: energía para las células que tejen, la orden para que se pongan a tejer y un sellado por encima para que no se evapore. Todos los días, porque el desgaste también es de todos los días.
Cada día que pasa esas células siguen ahí abajo, sin corriente. El humectante resbala por arriba. El músculo sigue abierto por el centro. Y tú, mientras tanto, viéndote el perfil en la cámara frontal del celular a ver si hoy amaneció un poquito mejor.
La respuesta no era otra crema con nombre de lifting. Era entrar por otro lado.
Necesitas algo pensado específicamente para:
¿Y sabes qué es lo mejor?
Que ese objetivo no me lo inventé yo: es exactamente el mismo que persiguen los aparatos de la clínica. La radiofrecuencia, el HIFU y el Morpheus8 no «estiran» la piel como si fuera una tela. Lo que buscan es darle un aviso a esas mismas células de abajo para que vuelvan a ponerse a trabajar.
Ese es el puente: si hasta en esa clínica de Bogotá que cobra 900 mil pesos por cuatro sesiones —y a veces te deja igual que entraste— el objetivo declarado es despertar a esas células de ahí abajo, ¿por qué sigues atrapada en el «humecta tu cuello en la noche y crúzale los dedos»? Y sí, ya sé cuál es tu primera pregunta, porque también fue la mía: cuánto cuesta. Te la contesto más abajo, con números y con la cuenta hecha. Nada de «info inbox».
Cuando lo de Carmen se empezó a notar, la cosa corrió sola.
La primera fue Norma, la vecina del cuarto piso. 57 años, ocho de pelea con el cuello, cuatro cremas, dos aparatos de clínica y una lipopapada de la que salió peor. Me paró en la entrada del edificio con las bolsas del supermercado en el piso.
«Mariana, lo que sea que le hayas dado a tu hermana… A mí en el consultorio ya me dijeron que lo mío es quirófano y se acabó. Que las cremas humectan y hasta ahí.»
Norma llevaba gastados casi cuarenta mil pesos mexicanos entre mesoterapia, radiofrecuencia y los drenajes que vinieron después de la lipopapada, porque le quedó un bulto duro que antes no tenía. Y tres años acomodándose el pañuelo en pleno calor para bajar a la tienda de la esquina.
Le conté exactamente lo mismo que le había contado a mi hermana.
Mes y medio después me mandó una foto por WhatsApp.
De perfil. Sin estirar la barbilla. Sin pañuelo.
«Oye, no quiero que andes diciendo por ahí lo que no es», me escribió. «Sigo teniendo una piel de 57 años, faltaba más. Pero aquí abajo lo veo más recogido y ya dejé de voltear la cara cuando alguien saca el celular. Y ayer mi hija me preguntó si me había hecho algo. Sin saber nada. Por eso te escribo.»
En cuestión de semanas ya me escribían mujeres a las que yo no conocía de nada.
Mujeres que ya habían pasado por la lipopapada y habían salido con más fibrosis de la que entraron —«me quedó una lonjita flácida», «me salió un bulto grande y está muy duro», «parece que quedé igual o peor»— y a las que en el consultorio, en vez de una explicación, les vendieron la segunda cuenta: carboxiterapia, vacumterapia y diez drenajes más…
Mujeres que habían bajado catorce, veinte, treinta kilos caminando de madrugada, o que salieron de una manga gástrica felices de la vida, y a las que el cuello les pasó la cuenta: «ya estoy en mi peso y ahí donde antes tenía la papada ahora tengo una lonjita colgando, y eso no hay pesas ni máquina que lo componga»…
Una de 61 de Medellín que llevaba tres años poniéndose polvo dos tonos más oscuro debajo de la barbilla y no se lo había contado a nadie, ni a su marido, y que me escribió la palabra que más se repite en estos mensajes: «me acompleja»…
Una de 49 de Santiago con un presupuesto de hilos tensores encima de la mesa del comedor, dos meses sin dormir y una frase que ya me sé de memoria: «¿y si después no funciona? Eso es plata botada»…
A ninguna de ellas le hizo un milagro.
Ninguna amaneció un día con el cuello que tenía a los treinta.
Ninguna me mandó una de esas fotos del antes y el después que salen en los anuncios y que a estas alturas ya no se cree nadie.
Pero todas, todas, me terminaron escribiendo la misma frase con distintas palabras: «no es magia, pero se nota». Y todas la dijeron después de un mes largo, no a los tres días.
Un dermatólogo al que llevo años buscando cada vez que escribo un artículo me apartó en la presentación de una marca:
«Mariana, cuidado con lo que estás publicando. Hay muchísimo consultorio que vive precisamente de eso. Suéltalo mientras estés a tiempo.»
Le dije que ni de broma.
Y entonces me puse a leer lo que el propio gremio tiene escrito, en sus propias páginas, sobre lo que yo estaba contando.
Tres textos, de tres sitios distintos, todos de gente que vende o formula cosmética. Y los tres decían lo mismo con otras palabras: que no existe ninguna crema que corrija la flacidez de la piel, y que a cierta edad esa zona ya no se toca desde afuera. Punto final. Que pase a la puerta de al lado, gracias.
Curioso: ninguno de esos textos se molestaba nunca en explicar qué es lo que sí está pasando ahí abajo.
¿La gota que derramó el vaso?
Me senté una noche a leer las preguntas públicas de mujeres de los tres países preguntando por el cuello, en esas páginas donde los médicos contestan gratis. Veinte preguntas casi calcadas, de veinte mujeres distintas. Y debajo, cuatro médicos contestando cuatro cosas diferentes a la misma pregunta: uno HIFU, otro plasma, otro bótox en el platisma, otro Morpheus8. Y luego, el comodín.
«Le recomiendo acudir con un cirujano plástico certificado para que valore su caso en persona.»
Cada uno vendiendo su máquina. Ninguno explicándole a ella, en dos frases y sin palabras raras, qué le está pasando debajo de esa piel. Y ninguno diciéndole cuánto cuesta.
Y lo que ella estaba pidiendo era otra cosa. Pedía algo que:
Entrara por debajo y no por la funda (no otra humectante con nombre de lifting que se queda arriba y se va con el baño de la mañana)
Se hiciera en sesenta segundos en su casa, de noche (no pidiendo cita, ni pagando sesiones, ni saliendo con la zona morada e inflamada una semana)
Costara muchísimo menos que UNA sola de las sesiones que ya había pagado (no los 25 a 60 mil pesos de una lipopapada en México, ni los 900 mil que dejó una mujer de Cali por cuatro sesiones que no le hicieron absolutamente nada, ni los 3 a 7 millones que le cotizan por un lifting en Bogotá o en Santiago)
Estuviera hecho para ESA piel (no la crema de la cara con otra etiqueta, otro frasco y otro precio)
Pero esto es lo que no encajaba en el guion que me estaban vendiendo:
La parte de la fábrica sin corriente ya la estaba trabajando gente muy seria. Y no aquí.
En Corea llevan años tratando el cuello como una categoría aparte, con sus propias fórmulas, y no como el apéndice de la crema de cara.
Y existía una manera de meter el NAD⁺ dentro de una crema —encapsulado en liposomas, que son unas burbujitas de grasa parecidas a la membrana de tus propias células— para que no se quedara plantado en la puerta.
Ahí fue cuando esto dejó de ser tres libretas llenas de apuntes y pasó a ser un frasco que se puede dejar en la mesa de noche.
Se llama EQQUALBERRY® Crema Reafirmante de Cuello y Papada.
No es la crema de la cara con otra etiqueta.
No es una humectante de las de siempre con la palabra «cuello» impresa en la caja.
Está formulada específicamente para esa piel de ahí abajo: delgada como una hoja de papel, con pocas glándulas, mal irrigada y con el músculo justo detrás.
Esto es lo que la hace distinta:
LA ENTREGA LIPOSOMAL — Aquí no se trata de mojar la funda. El NAD⁺ va encapsulado en liposomas, unas burbujitas de grasa muy parecidas a la propia membrana de tus células. Traducido a lo bruto: en vez de quedarse en la puerta y evaporarse en veinte minutos, la fórmula va acompañada hasta donde tiene sentido que llegue. Esa es toda la diferencia entre la funda y el colchón.
NAD⁺ LIPOSOMAL — «La batería». El NAD⁺ es, literalmente, la moneda con la que la célula paga su energía, y va bajando año tras año desde los treinta y tantos. Una célula sin batería no teje nada, le pongas encima lo que le pongas. Esto es volver a enchufar la fábrica que llevaba años trabajando a media luz.
13 PÉPTIDOS, CON EL DE COBRE ADENTRO — «La orden de tejer». Los péptidos son los mensajeros: son la señal que la cosmética lleva años usando para hablarle a esa parte de la piel. Y no uno de adorno para la foto de la etiqueta: trece, con el péptido de cobre incluido, que es justo el que nombran las mujeres que se leen los ingredientes antes de comprar. Porque corriente sin quien dé la orden no sirve de nada. Esta es la parte del encargado.
CERAMIDAS — «El sellado». La piel del cuello pierde agua por todos lados, y por eso siempre está reseca y opaca mientras la cara sigue tan tranquila. Las ceramidas son el cemento entre los ladrillos de esa barrera: refuerzan por arriba para que lo de adentro no se pierda en el camino. Y de paso, una piel bien sellada se ve más lisa y menos apagada casi desde el principio. Esa es la parte que se nota pronto. La otra tarda.
EL ATAQUE POR LOS DOS LADOS — Mientras el NAD⁺ le devuelve la corriente a esas células y los trece péptidos les dan la orden, las ceramidas cierran por arriba para que nada de eso se evapore a media tarde. Por debajo y por encima, al mismo tiempo. Que es exactamente lo que una humectante no puede hacer, porque una humectante solo sabe trabajar en la superficie.
Y ahora la parte que nadie te cuenta cuando te vende una crema de cuello, y que ojalá alguien le hubiera dicho a Carmen el primer día:
El estrógeno que se te fue no va a volver. Los fibroblastos de tu cuello no van a recuperar solos la señal que perdieron el día que llegó la menopausia. Ese 30 % de colágeno de los cinco primeros años no se devuelve, y el 2,1 % de cada año que viene después tampoco se detiene. No hay frasco, ni aparato, ni quirófano que congele el calendario. Cualquiera que te diga lo contrario te está vendiendo algo.
Lo que SÍ se puede hacer —y es lo único que aquí tiene sentido— es darle a esas células de ahí abajo corriente y órdenes todos los días, para que lo que se ve por fuera se vea lo mejor que esa piel puede verse hoy.
Mi hermana lleva dos años levantándose a las siete a caminar. No camina cuarenta días, ve que le bajó la barriga y lo deja. Sigue caminando, porque sabe perfectamente qué pasaría si lo dejara.
Con esto es igual. El desgaste es de todos los días, así que lo que se le ponga encima tiene que serlo también. Sesenta segundos antes de dormir, como lavarte los dientes.
Y no es un defecto. Es justo lo que lo separa de una sesión de aparato: la sesión es un empujón fuerte un martes en la mañana, y luego dos meses de nada mientras el colchón sigue perdiendo relleno. Esto es poquito cada noche, pero es todas las noches.
Este es el calendario que me han ido contando casi todas:
Días 1 a 14: la piel deja de sentirse tirante
Lo primero que cambia no es la forma, es el tacto. Esa sensación de tirantez y de piel de papel de ahí abajo se va. En la mañana la zona se ve menos apagada y menos áspera al pasar la mano. Todavía no ha cambiado nada de lo que te preocupa. Es el sellado haciendo su trabajo, ni más ni menos. Y aquí es exactamente donde la mayoría de la gente abandona las cremas y las tira a medias.
Días 15 a 30: el primer «¿serán ideas mías?»
Te ves un día con la luz normal del baño y te da la impresión de que ahí abajo está algo más recogido. No te fías. Vuelves a verte en la tarde y ya no lo ves. Ese vaivén es normal y le pasa a todo el mundo. Lo que en general empieza a verse en esta franja son las arruguitas finas del cuello, que se marcan menos porque la piel está mejor sostenida por arriba.
Días 30 a 90: la parte que sale en las fotos
Aquí es donde suele aparecer lo que a ella le importa de verdad: que la zona de debajo de la barbilla se vea más recogida y la línea de la quijada se vea algo más definida en la foto de perfil. Ojo con lo que estoy diciendo y con lo que no: se ve. La piel se ve más firme, el pliegue se disimula, la sombra de abajo marca menos. No estoy diciendo que se vaya. Estoy diciendo que se ve distinto, que es exactamente lo que tú miras cuando alguien saca el celular.
A partir del mes 3, si has sido constante:
Ese pliegue blando que llevas años tapando con polvo dos tonos más oscuro, disimulado.
La línea de la quijada que se te había convertido en una bajadita, algo más dibujada.
Y la maña de voltear la cara tres grados cuando alguien saca el celular, que se te va quitando sin darte cuenta.
Del mes 3 en adelante: mantener lo ganado (aquí es donde se queda casi todo el mundo)
Ya no te estás viendo el perfil en la cámara frontal cada mañana a ver si hoy amaneció peor. Sales en las fotos de la comida familiar. Te vuelves a poner la blusa de cuello abierto. Y no piensas en el cuello, que es lo mejor de todo: dejar de pensar en una parte de tu cuerpo es la única definición honesta de que esto va bien.
Y aquí toca ser clara: el día que lo dejas, tu piel sigue su curso. No se te cae nada de golpe ni vuelve todo en una semana, eso es cuento. Simplemente esas células vuelven a quedarse sin corriente y sin la orden, y el desgaste de cada día sigue estando ahí, como estaba antes de que empezaras.
Eso no es un defecto del frasco. Es la biología de una piel de 55 años, que es la misma que la de la vecina y la misma que la mía. Lo que la crema hace es acompañarla mientras se la pones. Lo que hace la clínica es lo mismo, por cierto, solo que cobrando por sesión y con cita previa.
Y ahora la cuenta, que es lo que a mí me habría gustado que alguien me pusiera enfrente en vez de dejarme sacándola sola con la calculadora del celular: un frasco son 50 ml y en el cuello y la papada dura cerca de dos meses. Para llegar a donde te acabo de contar hacen falta tres meses largos, o sea, dos frascos. El paquete de dos con el tercero de regalo, €79,86, es medio año de tratamiento completo por una fracción de lo que cuesta UNA sola de esas sesiones que ya pagaste. Y si prefieres empezar con uno solo, €39,90, divídelo entre sesenta noches y ya tienes la cuenta hecha. Sin suscripción, sin cargos al mes siguiente, sin letra chiquita y sin que tengas que escribir por interno para que te digan cuánto cuesta.
Y una última cosa, que es la frase que más se repite entre las mujeres que llevan tiempo con esto y la que mejor lo resume: «hay que usarla un mes o más para ver la mejoría». No lo dicen quejándose. Lo dicen avisando. Que si te vas a rendir a la semana y media, mejor ni empieces, porque este es de los que piden un mes antes de darte la razón.
Llevamos meses recibiendo mensajes de mujeres de 45 para arriba —de México, de Colombia y de Chile— que se pusieron la crema en el cuello y en la papada, mañana y noche, y que aguantaron el tiempo suficiente para tener algo que contar.
Y esto es lo que se repite, dicho por ellas:
Y ahora fíjate en lo que no vas a leer aquí.
Ni un porcentaje. Ni un antes y después.
Porque la frase que más se repite cuando alguien cuenta cómo le fue no es un número. Es esta: «No hace milagros, pero si eres constante se nota.» Esa es la promesa entera, y no hay otra debajo.
Esto es lo que cuentan ellas, con sus palabras:
Marisol V., 53 años, Santiago de Chile
"Bajé 22 kilos en año y medio y estoy feliz, que conste. Pero del peaje no te avisa nadie. El cuerpo, con el ejercicio, me quedó firme. El cuello me quedó pésimo. Ahí donde antes tenía la papada ahora tengo un pellejito colgando que no hay pesas, ni máquina, ni nada. Yo llegué preguntando cuánto salía sacarse la papada y terminé en tres sesiones de HIFU: casi 400 mil pesos y ni un cambio. Plata botada, y en la clínica se hacían las sorprendidas de que yo no viera nada. Cuando mi hermana me habló de una crema pensé: ya, otra más. Llevo desde marzo, mañana y noche, cuello y papada, y le digo lo mismo que le digo a ella cuando me pregunta: no hace milagros. El pellejito sigue ahí y va a seguir. Pero la piel se ve menos apagada, ya no la tengo tan reseca, y cuando me doy vuelta no se me marca esa sombra rara debajo del mentón. Mi hija me dijo el otro día 'mamá, te veo mejor cara' y ni sabía que me estaba poniendo algo. Para mí eso vale más que cualquier foto de esas de antes y después."
Rosalba M., 56 años, Guadalajara (México)
"Yo ya pasé por todo: la mentonera esa que venden en internet, cremas del súper, y el año pasado la lipopapada, 38 mil pesos. Me dijeron que la piel se iba a retraer sola. Pues no. Me quedó una lonjita flácida y, encima, fibrosis: un bulto duro debajo del mentón y unas bolitas que todavía me ando sobando. Parece que quedé igual o peor. Fui a reclamar y el doctor me dijo que era normal, que esperara, y de ahí me mandó a los drenajes, que se pagan aparte. O sea que no fue un gasto: fueron dos. Así que cuando mi comadre me habló de una crema me dio hasta rabia, porque yo ya tenía sentenciado que las cremas hidratan y ya, que reafirmar no reafirman. Yo sola me decía frente al espejo: cuello de pavo, ni modo. Llevo dos botes. Y no, no me cambió la vida ni tengo cuello de muchacha. Tengo una piel de 56 años y la voy a seguir teniendo. Pero la siento más lisa, se ve más viva y las tres rayas del cuello ya no se me quedan marcadas todo el día. Comparado con lo que me costó la lipopapada, sería una tontería no seguir."
Nubia C., 51 años, Medellín (Colombia)
"A mí lo que me mató fue una foto. La del grado de mi sobrino, sentada en la mesa, riéndome de lado. La mandaron al grupo de WhatsApp y lo primero que pensé fue: ¿y esa señora del cuello quién es? Porque de frente y con buena luz voy bien, pero de perfil el cuello me delata una edad que la cara todavía no dice. Desde ahí me acomplejé y me acomodaba siempre igual en las fotos, con el mentón estirado como pavo real. Un ridículo. Y eso que ya había preguntado cuánto valía y había pagado 900 mil pesos por cuatro sesiones de un tratamiento facial que supuestamente iba a notar: se acabaron las cuatro y no noté nada. Quedé peor de lo que estaba, sin el dinero y con el mismo cuello.
Empecé con la crema en abril sin ninguna fe. Y mire: no hace milagros, pero tampoco decepciona. El cuello se ve más terso y menos reseco, y en las fotos de la primera comunión de mi nieta no me pasé el rato buscando el ángulo. Salí y ya. Eso es lo que compré. Y me doy por bien servida."
Déjame poner delante lo que cuesta de verdad «arreglarse el cuello» en México, en Colombia y en Chile. Con las cotizaciones en la mano:
Ruta 1 · La clínica (lo que te cotizan la primera tarde):
Ruta 2 · La de la farmacia y el súper (la que ya haces):
Ruta 3 · «De todo un poco» (esta es la que haces tú de verdad):
Ahora la cuenta que nadie te hace, y que es justo la que deberían hacerte:
Porque a mí no me ofende que una crema cueste lo que cuesta. Me ofende que me hagan sacar la calculadora sola, en la cocina, para saber cuánto me va a costar esto de verdad. Y me ofende más lo otro: que preguntes cuánto cuesta y te contesten «info por inbox». Así que te la hago yo, y con los números a la vista:
Seis meses de constancia, contra cuarenta minutos de cánula.
Y a las clínicas la Ruta 3 les encanta.
¿Sabes por qué?
Porque regresas.
Porque cada sesión suelta que te haces «a ver qué tal» no es un tratamiento: es una cita cada tres meses. No eres una paciente que mejora. Eres una agenda que se llena sola.
Pero esto es lo que de verdad no quieren que mires…
Una crema con NAD⁺ liposomal, 13 péptidos y ceramidas debería estar en la repisa de las de importación.
Ahí es donde están las fórmulas coreanas de este nivel: en la vitrina de la tienda departamental, esa donde una mexicana ya escribió en público que le pedían 4.000 pesos por un solo frasco de cara. La has visto y has seguido de largo.
Te digo más: el NAD⁺ liposomal encapsulado es la parte cara del frasco, con diferencia. No es un extracto de nada con un nombre bonito en la etiqueta.
Pero esto no se montó para hacerse rico con el complejo de nadie.
Se montó por la mujer del principio de esta historia. Y por todas las que hacen lo mismo que hizo ella sin contárselo a nadie: la que guarda la mascarilla de cuello ya usada dentro de su sobre, con el líquido que sobra, para estirarla a dos usos. La que compra el frasco chico «a ver si funciona» y luego no le alcanza para el pecho. La que se para frente al espejo del baño y se jala la piel del cuello hacia las orejas con los dedos, dos segundos, para ver cómo se vería. Y la suelta. Y se va a trabajar.
Así que esto es lo que hay:
El precio normal de un bote es €68,90.
Ya es una fracción de las cuatro sesiones que en Cali costaron 900.000 pesos y no dieron nada.
Ya es menos que UNA sola sesión de cualquiera de ellas.
Pero no es lo que vas a pagar hoy.
¿Te acuerdas de las cotizaciones del principio de este artículo?
Pues desde que empezamos a publicar la cuenta —la de verdad, la de una lipopapada de 25 a 60 mil pesos en México puesta al lado de un frasco de crema; la de los 650 mil a 2 millones 380 mil de Chile; la de las cotizaciones de 3 a 7 millones que le pasan a una en Colombia— en el gremio no ha caído nada bien. A ningún congreso de estética nos van a invitar, eso ya lo tengo asumido.
Ellos no pueden bajar el precio de la cirugía: el quirófano, el anestesiólogo y la cánula cuestan lo que cuestan, y el consultorio también se paga cada mes.
Tampoco pueden decir que esto reemplaza lo suyo, porque no lo reemplaza, y somos las primeras en decirlo en voz alta.
Así que solo les queda la frase de siempre, la que llevas veinte años oyendo: «eso solo se logra con cirugía, señora; las cremas no hacen nada».
¿Mi respuesta?
Sacar el precio de lanzamiento y dejarlo a la vista, con la cuenta hecha y sin letras chiquitas.
Así, tal cual.
Precio de siempre → hoy €39,90 el frasco
Es la misma fórmula que están usando las mujeres cuyos mensajes leíste más arriba. Y te sale por:
Una fracción de lo que cuesta UNA sola lipopapada, en el país que sea de los tres.
Menos de lo que ya gastaste en cremas de farmacia que nada más humectaban.
Menos que una salida a comer los dos un domingo.
¿Por qué a ese precio y no al de siempre?
Porque cada mujer que deja de buscar el ángulo bueno en las fotos es una prueba caminando de que la cuenta que le hicieron en la clínica estaba mal planteada desde el principio.
Porque quiero que estos mensajes lleguen a los grupos de WhatsApp y a los foros antes de que llegue otra marca cualquiera a prometer un lifting en un frasco y vuelva a quemar la categoría entera.
Porque a veces la única forma de contestarle a un negocio que cobra por sesión es que a la gente le vaya bien sin pisarlo.
Este precio es de lanzamiento. No va a estar siempre.
Y no te voy a inventar que un abogado me cobra una fortuna por hora. Te voy a contar la verdad, que es mucho más aburrida: el precio de lanzamiento existe para que la primera tanda de clientas pruebe la fórmula, la use el tiempo suficiente y cuente cómo le fue. Eso es todo.
Cuando esa tanda se cierre, el frasco vuelve a su precio normal y ahí se queda.
Y lo que no vas a ver en esta página es un contador de «quedan 3.214 unidades» bajando solo mientras lees. Esos números los inventa un plugin de treinta pesos y tú y yo lo sabemos.
Lo que sí es verdad es que el NAD⁺ liposomal se fabrica por lotes en Corea, y cada lote tarda lo que tarda. Cuando uno se acaba, no hay más hasta el siguiente. Con oferta o sin ella.
Por eso esto no está en Mercado Libre ni en ningún otro marketplace: se vende solo aquí, para poder responder por cada frasco que sale y por cada devolución que entra.
Si estás leyendo esto, el pack 2+1 sigue disponible.
Pero hay otra cuenta corriendo que no depende ni de mí, ni del lote, ni de la oferta.
En los cinco primeros años después de la menopausia se pierde alrededor de un 30 % del colágeno de la piel. Y de ahí en adelante, cerca de un 2,1 % cada año. Todos los años. Sin preguntarte.
Eso significa que el cuello con el que empiezas hoy no es el mismo con el que empezarías dentro de seis meses. Cada temporada que dejas pasar «para pensarlo» no te deja en el mismo lugar: te deja arrancando desde un poco más abajo. Saca tú la cuenta.
Mira, te entiendo.
Ya te dieron gato por liebre. A todas nos pasó.
Dejaste dinero en cremas de farmacia, en mentoneras que te ponías una hora y te quitabas, en fajas para la papada, en mascarillas de cinco por lo que cuestan veinte, en frascos que terminaron en el cajón del baño con dos dedos de producto adentro.
Te prometieron efecto tensor y te entregaron una humectante, y encima más aguada.
Así que esto es lo que te firmo, y te lo dejo por escrito:
Prueba EQQUALBERRY 60 días completos.
Mañana y noche. Cuello y pecho. Sin saltarte semanas «porque se me olvidó».
Y haz una cosa el primer día: una foto de perfil, en la cocina, con la luz del techo, esa que peor le queda a una. Sin filtro y sin estirar la barbilla. Guárdala en una carpeta y no la vuelvas a abrir.
Fíjate si la piel deja de verse tan seca…
Fíjate si a los dos meses te importa un poco menos dónde te sientas cuando alguien saca el celular…
Y si a los 60 días abres esa foto, te tomas otra igualita y no ves ninguna diferencia…
Te devolvemos hasta el último peso. Con el envío incluido.
Sin formularios. Sin «saldo a favor» para gastar en la tienda. Sin 47 preguntas. Sin que nadie te pregunte si «la usaste bien».
Le escribes a atención al cliente —la dirección viene en el correo de confirmación de tu pedido— con tu número de pedido y la palabra «devolución».
Te contestan en menos de 24 horas con las instrucciones y el dinero se te devuelve en cuanto el paquete llega de vuelta. Aunque el frasco esté empezado. Aunque esté a la mitad.
¿Y por qué 60 días y no 30, que es lo habitual?
Porque lo dicen ellas mismas en las reseñas, no yo: hace falta un mes o más para empezar a ver algo. Es la piel más delgada que tienes y se renueva a su ritmo, no al de tu paciencia.
Treinta días no son justos ni contigo ni con la crema. Sesenta te dan margen de sobra para usarla, mirarla con calma y decidir sin que nadie te apure.
En este momento estás parada en una bifurcación.
Camino nº 1: seguir haciendo exactamente lo mismo
Seguir dejando dinero cada mes en cremas que se quedan en la funda mientras el colchón sigue vencido abajo.
Seguir acomodándote siempre en el mismo lugar en las fotos, con la barbilla estirada como pavo real, y seguir borrando del celular todas las de perfil.
Seguir pidiendo consulta «solo para que me den la cotización», salir con un presupuesto de millones doblado en un cajón y no volver a llamar.
Seguir pagándole la camioneta al que te firmó esa cotización.
Y dentro de diez años estar en el mismo baño, con el mismo gesto de estirarte la piel hacia las orejas con dos dedos, leyendo otro artículo sobre otra crema que promete un lifting en un frasco.
Camino nº 2: probar algo que vaya al colchón y no a la funda
Gastar menos de lo que te cuesta una salida a comer los dos.
Usar una fórmula pensada para la piel delgada del cuello y del pecho, no la crema de la cara estirada hacia abajo.
Ir al punto que sí se puede trabajar hoy: el aspecto de esa piel — la batería de la célula que se quedó a media carga, los péptidos que dan la orden de tejer, las ceramidas que sellan.
Levantarte dentro de dos meses, verte de perfil y no salir corriendo.
Y hacerlo con la promesa rebajada en voz alta, que es la que se termina cumpliendo: sin milagros, pero si eres constante se nota.
Creo que las dos sabemos cuál de los dos caminos lleva a que la próxima foto familiar no sea una emboscada.
Paso 1: toca el botón de aquí abajo, el que dice «VER DISPONIBILIDAD Y PRECIO».
Paso 2: elige tu pack (precio de lanzamiento):
→ SIN SUSCRIPCIÓN. NINGUNO DE LOS TRES.
Aquí no hay «ahorra un 30 % suscribiéndote», ni cargo automático a tu tarjeta a los 30 días, ni cancelar antes del día 14 para que no te cobren. Compras lo que compras, una vez, y ya. Si quieres más, vuelves. Si no, no vuelves. Lo digo hasta arriba porque sé perfectamente cuántas veces te han hecho esa jugada.
1 FRASCO — €39,90 (50 ml). Para empezar y ver cómo responde tu piel. Usándolo en cuello y pecho, mañana y noche, te dura unos dos meses. Justo el tiempo de la garantía.
EL MÁS VENDIDO: 2+1 — €79,86 (pagas dos frascos, te llevas tres). Es el que se lleva casi todo el mundo, y no por casualidad: tres frascos son seis meses seguidos, que es el tiempo que de verdad hace falta para juzgar esto con honradez. Divide €79,86 entre seis meses y ahí tienes lo que te sale al mes. Haz tú la división, que es tu dinero.
2 FRASCOS — cuatro meses, para la que quiera pasar del frasco de prueba pero no se vea comprando tres de golpe. Nota: la mayoría de las que empiezan con uno terminan pidiendo más a los dos meses, y entonces vuelven a pagar el envío y vuelven a esperar. El 2+1 se inventó para ahorrarte justo esas dos molestias, no para venderte más producto.
Paso 3: pones tus datos de envío (dos minutos, y el pago va cifrado).
Paso 4: te llega a tu casa entre 3 y 7 días hábiles, según tu ciudad. Envío gratis desde el pack 2+1.
Paso 5: te la pones esa misma noche. No mañana. No «cuando se me acabe el frasco que tengo empezado». De abajo hacia arriba, del pecho hacia la barbilla, con el cuello estirado.
Paso 6: a los dos meses, escríbenos y cuéntanos cómo te fue. Lo bueno y lo malo. Leemos todos los mensajes, y los que menos gracia nos hacen son los que más nos sirven.
Pero hagas lo que hagas, no cierres esta página pensando «después lo veo».
Porque «después lo veo» es la cena de Navidad del año que entra buscando otra vez el lugar bueno de la mesa.
«Después lo veo» es otra foto de grupo en la que te toca ser la que sostiene el celular.
«Después lo veo» es otro 2,1 % de colágeno que se va mientras tú lo piensas.
«Después lo veo» es este precio de lanzamiento cerrándose y tú volviendo dentro de tres meses a pagar el precio de siempre.
Tu cuello lleva ya bastantes años esperando su turno.
La cara la cuidaste. La zona que te delata, no.
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Para que la próxima foto de perfil no te agarre desprevenida,
Mariana Solís · Divulgadora de cosmética y piel madura · 11 años escribiendo para mujeres de 45 a 65 · Hermana de Carmen, que lleva desde febrero con el frasco en la repisa del baño · No soy médica y nada de lo que leíste aquí es consejo médico.
P. D. — Carmen me mandó ayer una foto desde el bautizo de su nieto. De perfil. Riéndose de lado, que es justo la postura que llevaba nueve años esquivando. Me la mandó sin escribir nada, nada más la foto, y yo tampoco le contesté nada, porque no hacía falta. La mujer que se encerró en el baño de una boda a borrar fotos una por una es la misma que ayer se paró donde se le dio la gana. No tiene el cuello de los 40. Tiene una piel de 54 años y la va a seguir teniendo. Pero ya no se acomoda. Eso es todo lo que hay, y a mí me parece bastante.
P. P. D. — Sobre la prisa: no te voy a inventar un contador de unidades. Lo que sí te digo es que el precio de lanzamiento se cierra cuando se cierra la tanda, y que después el frasco vuelve a su precio normal. Y que ese 2,1 % anual no hace pausas mientras tú lo piensas. Esas son las dos únicas prisas reales que hay aquí. Con eso decide.
P. P. P. D. — Si eres de las que ya tiene sentenciado que «esto solo se quita con cirugía», que sepas que tienes media razón. La cirugía es la única que corta piel, es cierto. Pero fíjate en lo que pasa cuando lo que cuelga no es grasa sino piel: la lipopapada te saca el relleno y te deja la funda igual de vacía, y por eso el buzón de los médicos está lleno de mujeres escribiendo «me quedó una lonjita flácida», «tengo mucha fibrosis», «parece que quedé igual o peor», «me salió una bolita y está muy dura». Yo no vengo a decirte que estabas equivocada. Vengo a decirte que te estabas quejando de lo correcto, y que justo por eso tienes 60 días para comprobar si esto va por otro lado o no. Si no va, te devuelvo el dinero y sigues teniendo razón, que no es mal trato.
P. P. P. P. D. — Y ahora el error nº 1, el que veo una y otra vez: dejarlo a las tres semanas porque «no veo nada». Es el error de siempre y lo entiendo, porque tres semanas es justo el punto en el que ya gastaste la ilusión y todavía no hay nada que enseñar. Pero es que la piel del cuello se renueva a su ritmo: por eso ellas mismas escriben en las reseñas que hace falta un mes o más. Si vas a dejarlo el día 21, mejor no lo compres hoy: te ahorras el dinero y me ahorras la devolución. Y si lo compras, prométete llegar al día 60 con la foto de la cocina guardada. Ahí es donde está la conversación, no antes.
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Lourdes Bahamondes
¿Alguien de acá ya la probó? Pregunto en serio, no para molestar.
Me gusta · Responder · 4 · hace 39 min
Guadalupe Reyes
Yo. Y entré con toda la desconfianza del mundo, porque ya había tirado el dinero a la basura en otra que no hizo nada. Llevo desde mayo, mañana y noche, cuello y pecho. No esperes milagros porque milagros no hay. Pero tengo la piel menos seca y esa sombra rara que se me marcaba abajo de la barbilla al voltearme se ve bastante menos. El otro fin de semana en la primera comunión de mi sobrina salí en las fotos y no me pasé la tarde acomodándome. Para mí con eso ya quedó pagada.
Me gusta · Responder · 7 · hace 16 min
Patricia Osorio
Yo pagué 900 mil por cuatro sesiones que no me hicieron absolutamente nada, y después me pasaron una cotización de 3 millones para la cirugía. Y aquí sigo igual. Que una crema cueste lo que cuesta una crema y encima me digan cuánto dura el frasco y cuántos hacen falta me parece hasta raro de lo normal que es. Me da rabia no haber sacado yo esa cuenta hace cuatro años.
Me gusta · Responder · 4 · hace 51 min
Nélida Fuentes
¿Cuánto se demoran en mandarlo? ¿Y hay que pagar algo extra al recibirlo o no?
Me gusta · Responder · 1 · hace 1 h
Marcela Tapia
Hola Nélida, a mí me llegó a Santiago al cuarto día y no pagué nada extra, el envío iba incluido con el de tres frascos. Esa misma noche me la puse.
Me gusta · Responder · 2 · hace 24 min
Jorge Villalobos
Mi esposa bajó 22 kilos el año pasado y está feliz, pero se le quedó el cuello hecho un colgajo y no había manera de que se tomara una foto conmigo. Se la pedí yo sin decirle nada, esperando poco la verdad. Ayer se tomó una selfie con nuestra hija y me la enseñó ella solita. Eso no lo hacía desde hace dos años.
Me gusta · Responder · 6 · hace 1 h
Amparo Gil
Cata, léete esto, en vez de seguir dejando dinero en la clínica de la esquina.
Me gusta · Responder · 2 · hace 2 h
Catalina Bravo
Oye, muy interesante lo del colchón y la funda, nunca me lo habían explicado así. Acabo de pedir el de tres. No puedo seguir pagando sesiones todos los años para que después en el centro se hagan los sorprendidos de que yo no note nada.
Me gusta · Responder · 3 · hace 1 h
Rosa María Cárdenas
¿Alguna que ya la tenga me dice cuánto le está durando el frasco de verdad? Porque yo he comprado cosas que decían dos meses y a las tres semanas ya estaba raspando el fondo.
Me gusta · Responder · 2 · hace 2 h
Yolanda Prieto
A mí dos meses justos, usándola mañana y noche en cuello y pecho. Con la avellanita esa que dicen alcanza de sobra, no hay que echarse media cucharada. Y el frasco venía lleno y sellado, que ya es raro tener que decirlo.
Me gusta · Responder · 5 · hace 2 h
Daniela Rincón
Se la pedí a mi mamá, que tiene 68 y lleva desde que enviudó sin dejarse tomar una foto. Pensé que me iba a decir que para qué gasto. Cinco semanas después me llamó para contarme que había ido a la peluquería y que se dejó el pelo recogido. Recogido. Llevaba por lo menos diez años tapándose el cuello con el pelo suelto. Todavía lo estoy asimilando.
Me gusta · Responder · 1 · hace 3 h
Martha Elena Ochoa
Una pregunta de las tontas: yo tengo la piel del cuello muy sensible, con cualquier cosa se me pone roja y me pica. ¿Alguna con la piel delicada la ha usado sin problema?
Me gusta · Responder · 1 · hace 3 h
Ana Lucía Quintero
No es tonta, es la pregunta que hay que hacer. Yo tengo rosácea y el cuello resecadísimo y a mí no me dio nada, pero cada piel es cada piel. Lo que hice fue lo de siempre: una gotita atrás de la oreja dos días antes de empezar en toda la zona. Si te llegara a pasar algo tienes los 60 días, que es justo para eso.
Me gusta · Responder · 3 · hace 2 h
Sonia Contreras
Acabo de pedir el mío. A ver qué tal, después les cuento.
Me gusta · Responder · 4 · hace 3 h
EQQUALBERRY® es un producto cosmético. Lo que se describe aquí se refiere al aspecto visible de la piel y puede variar de una persona a otra. Este contenido es divulgativo y no sustituye el consejo de un profesional sanitario. Los testimonios y comentarios recogidos son ilustrativos del tipo de mensaje que recibimos. · Almira Beauty · Devoluciones · Privacidad · Aviso legal